Llueven las bombas sobre la ciudad
y bajo los escombros,
la última incredulidad.
La memoria se llena con los muertos.
Para los vivos da comienzo la escapada.
No estaban preparados para el odio.
Los ojos de la muerte y el destierro
se lavan en aquellos que llegaron
tendiéndoles la mano y ofreciendo pan.


Ojos que comprometen la conciencia,
ojos donde el amor
naufraga en el absurdo.
Sobreviven cercados de alambradas,
como si algo tuvieran que pagar.
Han perdido hasta el último motivo
para seguir guardando una esperanza:
su silencio resiste contra el odio,
sus vidas son un grito que pide la paz.

QUE NO OS DEN EL PAN
BAÑADO EN SANGRE.
QUE NOS MUESTREN EL CAMINO
HACIA EL HOGAR.
QUE NO NOS DEN EL ANSIA
DE VENGANZA.
QUE NOS DEJEN VOLVER
A COMENZAR.

Solo podemos daros de comer,
curar vuestras heridas,
escuchar vuestra historia.
No tenemos las armas que hacen falta,
no tenemos ni siquiera las palabras.
Nuestras vidas se unen a las vuestras,
se ahogan en una misma impotencia,
pero estamos aquí, y aquí aprendemos
a luchar junto a vosotros por la dignidad.



Salve, compañera nuestra El brujo mugandino